Hoy es otro aroma el que impregna mis sábanas, el de un cuerpo que no es el tuyo, el de un sexo consumado por mera rutina, y es sucio, en su totalidad y singularidad. Me gusta.
Levanto las persianas para dejar entrar la poca luz que entre las nubes negras se cuela. Aprendí de un gran escritor que la juventud con porros es más llevadera. Luego el cuerpo degenera, las caladas se vuelven más escuetas y los efectos empeoran: ya no hay bienestar, ni dulce atontamiento o sana berborrea estúpida; tan sólo angustia y paranoia.
Enciendo el primero, y me estiro en cama, con el cenicero sobre el escritorio, a la altura de mi rostro. La mañana resulta perfecta con la musicalidad de la lluvia repiqueteando contra las ventanas, el perfume húmedo impregnando la alcoba.
Acaricio mi tatuaje, la sonriente Amélie entre tonos verdes y rojos, un amor de surrealismo. Y pienso en tus labios confundiéndose con los suyos, y ya no sois dos distintos, sois un mismo ser que me lastima y redime a la vez. Sois un todo y un nada tras la cortina de humo denso, denso...
Ella Fitzgerald y su Cry me a river "llegan a mis oídos" desde tiempos remotos, una cafetería del Raval; mientras, el humo sube, asciende con sus ondulaciones azuladas, con el olor dulzón del chocolate hasta la ventana.




